30 oct. 2010

Poesías, fábulas, cuentos y algunas cosas más



El joven filósofo y sus compañeros (Samaniego)

Un joven educado
Con el mayor cuidado
Por un viejo filósofo profundo
Salió por fin a visitar el mundo.
Concurrió cierto día,
Entre civil y alegre compañía,
A una mesa abundante y primorosa.
“¡Espectáculo horrendo! ¡Fiera cosa!
¡La mesa de cadáveres cubierta
A la vista del hombre!... ¡y este acierta
A comer los despojos de la muerte!
El joven declamaba de esta suerte.
Al son de las filosóficas razones,
Devorando perdices y pichones
Le responden algunos concurrentes:
“Si usted ha de vivir entre las gentes,
Deberá hacerce a todo”.
Con un gracioso modo,
Alabando el bocado de exquisito,
Le presentan un gordo pajarito.
“Cuanto usted ha aclamado será cierto;
Mas en fin (Le decían) ya esta muerto.
Pruébelo, por su vida… Considere
Que otro lo comerá, si no le quiere”.
La ocasión, las palabras, el ejemplo,
Y según yo contemplo,
Yo no se que olorcillo
Que exhalaba el caliente pajarillo,
Al joven persuadieron de manera
Que al fin se le comió.
“¡Quien lo dijiera!
¡Haber yo devorado un inocente!”
Así clamaba, pero fríamente.
Lo cierto es, que llevado de aquel cebo,
Con más facilidad cayo de nuevo.
La ocasión se repite
De uno en otro convite;
Y de una codorniz a una becada,
Llego el joven al fin de la jornada,
Olvidando sus máximas primeras,
A ser devorador como las fieras.



Moraleja
De esta suerte los vicios se insinúan, crecen, se perpetúan dentro del corazón de los humanos, hasta ser sus señores y tiranos.
¿Pues que remedio? Incautos jovencitos, Cuenta con los primeros pajaritos.
Felix María Samaniego





Manzanas

No pretendan las frutas seducir; gustándolas es como se pueden gozar de ellas. Morenos semblantes ofrecen cerezas, albérchigos, ciruelas reales. Comprad. Pues al lado de la lengua y del paladar, el ojo es mal juez. Venid a saborear con deleite las frutas más sazonadas. Sobre las rosas se puede poetizar; tratándose de manzanas, hay que morder.
Obra Fausto de Goethe (1749 – 1832); segunda parte, acto primero.

Aunque estoy viejo de vagar
A través de tierras vacías y de tierras montañosas,
Descubriré a dónde ella ha ido
Y besaré sus labios y tomaré sus manos;
Y caminaré entre el cálido, largo y moteado pasto,
Y desplumaré hasta que se hagan el tiempo y los tiempos
Las plateadas manzanas de la luna,
Las doradas manzanas del Sol.
Ray Bradbury, 1953


El Príncipe y la manzana
Wenceslao Fernández Flórez
A Rascal Rat Nº 7 - Cuento escondido

El príncipe Alejo Kortikoff era increíblemente rico e increíblemente poderoso. Cuando se vio amenazado por la revolución huyó llevándose un solo brillante, de todas sus riquezas; un brillante del tamaño de una ciruela claudia: el mayor de Europa, vinculado con la familia de los Kortikoff desde los tiempos de Pedro el Grande. Su Valor era tan exorbitante, que ningún joyero lo pudo comprar. Se lo ofrecieron al rey de Inglaterra, y al rey de Inglaterra le gustó mucho, pero lo devolvió diciendo:
—Si adquiriese esta piedra, no me quedaría ni el dinero preciso para encargarme un chaquet.
Los joyeros aconsejaron entonces la fragmentación del brillante, pero el altivo aristócrata se resistió a aniquilar la joya que había sido el orgullo de su estirpe. Prefirió guardarla en un banco en espera de tiempos propicios.
Lanzado a la miseria, el príncipe Kortikoff siguió el camino de casi todos los grandes señores rusos y obtuvo una plaza de camarero en un restaurante de lujo de Paris. Llevaba el frac con tanta distinción y servía tan exquisitamente, que las mesas de su turno estaban siempre ocupadas. Comenzó a padecer de los pies, pero ganaba bastante para no considerarse muy desgraciado. De pronto, su carácter cambió; se hizo más hosco y taciturno, contestaba con monosílabos y una idea fija conservaba constantemente fruncido su entrecejo. Una noche el opulento norteamericano Frederic Scott, asiduo parroquiano del príncipe, le dio, como acostumbraba, al pagar la cuenta, una copiosa propina.
—Querría pedirle a usted un favor —dijo Kortikoff, entonces —. Más que este dinero que me ofrece, apreciaría que utilizase usted el tenedor y el cuchillo para mondar las manzanas.
El señor Scott se puso que encarnado, porque era verdad que mondaba la fruta como una zafia doméstica puede mondar una patata. 
Contesto sinceramente:
—No puedo, Alejo Semenovitch. Lo he intentado mil veces, y otras tantas vi salir la manzana del plato, con más o menos rapidez. Monto a caballo como un cow-boy, juego al tenis, abro las latas de conserva cuyas llaves se han extraviado, hago yo mismo el lazo de mi corbata y puedo reparar cualquier avería en una instalación eléctrica. Pero me es imposible mondar una manzana con el auxilio del tenedor. Me falta habilidad y sé que no lograré conseguirlo nunca.
—Tome usted otro postre —aconsejó el príncipe.
—Necesito una manzana después de cada comida, para digerir sin demasiados tormentos.
Al día siguiente, Kortikoff se negó a acudir al llamamiento del yanqui. El dueño del restaurante tuvo una conferencia con el príncipe.
—¿Por qué no quiere usted a servir al señor Scott? El señor Scott es un gentleman.
—No lo dudo.
—Es un buen cliente de la casa.
—Sin duda.
—Le aprecia a usted.
—Acaso. Pero el señor Scott no sabe mondar las manzanas. Sufro mucho. He creído que podría habituarme a verle proceder así, pero no lo he logrado. Lejos de eso, cada día me martiriza más.
—Alejo Semenovitch —dijo el patrono —, es necesario que usted atienda al señor Frederic Scott.
El ilustre camarero no arguyó nada. Salió, pero en vez de dirigirse a su puesto, siguió el pasillo que conducía a un cuarto pulcro y pequeño sobre cuya puerta campeaba en una planchita de esmalte una sola palabra suficientemente significativa: la correcta palabra Dames. Sentada ante aquella puerta, vestida de negro, con un mandil y un cofia blanca, gorda y digna, dispuesta siempre a ofrecer una breve toalla del montón que tenía a su alcance, estaba la princesa Ana Petrowna, ganándose la vida, tan admirable y solemne que, por el placer de verse servidas por ella, muchas de las señoras que acudían al restaurante no vacilaban en hacerse sospechosas de padecer poliuria. Fue la única persona de quien se despidió el príncipe al abandonar su cargo.
—Adiós, Ana Petrowna —dijo, sencillamente—. He decidido marcharme.
Besó la mano de la egregia empleada y cinco minutos después se paseaba, triste, pero altivo, por el bulevar de los Italianos.





Buey y Langosta

Una lata de carne de Buey, encadenada como unos gemelos, vió pasar a una langosta que se le parecía fraternalmente.
Iba esta armada con un duro caparazón, en el cual se leía que dentro, como en la lata, todo era tierno (Bonneless and economical)
Bajo la cola replegada problablemente ocultaba la langosta una llave para abrirla.
De repente enamorado, el Buey sedentario, dijo a la pequeña conserva automóvil viviente
Que si encuentra aclimatarse junto a Él en los terrestres escaparates, sería condecorada con muchas medallas de oro.

André Breton (1896 - 1966)
Manifiestos del surrealismo



Olivas y cerezas

Sofía, pobrecita, ven aquí. Llévame hasta la acequia; lava mis pies con tus manos y exprime olivas y violetas para perfumármelos después,  sobre la hierba

Hoy serás mi esclava, me seguirás y me obedecerás, y cuando acabe el día te daré de la huerta de mi madre brevas y cerezas para la tuya

Los pies desnudos
Las canciones de Bilitis de Pierre Louÿs




Pan


Los boquiabiertos

”Niños mendigos. Ha nevado.
Al tragaluz iluminado
los pobres van
porque les trae al retortero
el ver cómo hace el panadero
el rubio pan.
Miran la masa gris en torno
del brazo blanco que del horno
es auxiliar.
El panadero el buen pan cuece,
la sonrisa en su boca mece
algún cantar.
Apretaditos, ni uno alienta
junto al ventano que calienta
como un regazo.
Cuando al hacer una ensaimada
saca el pan áureo de la hornada
el fuerte brazo…”
Jean Nicolas Arthur Rimbaud (1854 - 1891)


Aromas

Por aquí huelo a rosas y por allá a jazmines,
alientos de tus ropas, auras de tu beldad,
aproximo una silla y me siento a la mesa
y sabe a ti y a trigo el bocado de pan.
Baldomero Fernández Moreno (1886 - 1950)


La luna con gatillo

“…Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo…”

“…Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha….”

“…Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante….”
Raúl Gonzáles Tuñón (1905 - 1974)


Ah, mis amigos, habláis de rimas

“…Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división",
despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus
juegos con el pan que él amasa y que debe recibir a veces
en un insulto de piedra?”
Juan Laurentino.Ortiz (1896 - 1978)




Perifolio

Una Amada Ausente

“Te igualaba a una diosa insigne, y tú te embelesabas con su canto como con otro ninguno. Pero se fue, y ahora sobresale entre las damas lidias lo mismo que la luna de rosados dedos eclipsa todas las estrellas una vez puesto el sol. Y su brillo baña de plata el mar salobre, e ilumina las campiñas floridas, donde ha caído el rocío y han brotado las rosas, el tierno perifollo, las dulces flores del trébol...”
Poesías de Safo (650 a.C. - 580 a. C.)




Sal
Límites

“…¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino….?
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (1899 - 1986)


Alimentos relacionados

Becada
Buey
Cerezas
Codorniz
Langosta
Manzanas
Olivas
Pan
Perifolio
Pichones
Sal

Video

http://www.youtube.com/watch?v=PcbHg909xTg

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